
El olor es variable, por un lado propio de elaboraciones
sin maduración, limpio y sin tonos característicos,
oportuno para los quesos de cualquier servidumbre. En el caso
de quesos maduros tiene la amplitud adecuada al tiempo de
maduración, limpios, gratos y con una deseada posibilidad
insinuante picante, característico de los quesos de
cabra con maduración.
Su textura, también variable (son 16 formas) es de
pasta blanda inicialmente en general sedosos y con una secuencia
hacia los tonos de dureza al pasar el tiempo. En todas las
edades se aprecia una ausencia de cavidades.
Llegamos al momento del gusto, para empezar esta diestramente
utilizada la sal (permanece el gusto lácteo), no se
aprecian acusados tonos de ácido láctico y el
sabor a leche sumamente cuidada es delicado. Otra característica
en los formatos inmaduros, aderezados con los condimentos
y/o los productos aromáticos utilizados para las cortezas,
son la manifestación conjunta de sabores lácteos
y los propios de estas mezclas, apareciendo sabores alegres
o tonos de productos secos (la nuez es como una madre para
los quesos) o aromáticos característicos o algo
picantones. El desarrollo en maduros es amplio, con ligeros
tonos picantes, algunos herbosos y los característicos
de las transformaciones lineales, algún éster
y en la lejanía se presumen cetonas. El llamado queso
curado de cabra merece un párrafo aparte, es un queso
amplio, delicadamente graso, aterciopelado, aromas lácteos
en el inicio, con posterior explosión aromática
y algo sabroso.
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