
Las culturas mediterráneas han sido depositarias de
tres joyas alimentarías: pan, vino y queso: tanto monta,
monta tanto. De ellas el queso, alimento de los mil sabores,
encuentra su esplendor en la elaboración selectiva
de una leche bien cuidada. Dentro de este proceso las de cabra
son las más «chivatas» y agradecidas cuando
reciben el cuidado (amor) obligado para conseguir una buena
fabricación. La implicación de los quesos de
cabra dentro de la tirotecnia es tan significativa, como para
merecer la peculiaridad de un solo grupo dentro de la tipología
quesera. Es cierto, la personalidad de estos quesos resulta
tan significativa, como para diferenciar los «amorosos»
quesófilos de los meramente agradecidos.
El «xacobeo 99» es una promesa de abundantes
parabienes y los quesos «La Pardina» nacen dentro
de este predicamento. Durante años la pardina en donde
se elaboraron, fue lugar de descanso y solana para el peregrinar
dentro de Aragón (ahora puesto en el anonimato). El
encumbramiento de estos quesos nace con los mejores auspicios
(¿casualidad, hados deseosos?), necesitando de todas
las ayudas posibles en esta aventura, por demás valiente.
Llega la hora de «echarse a la piscina». Estos
quesos empiezan mostrándonos la variedad como exponente
y la calidad como premisa. Son de formas insinuantes, sin
pasarse, con atractivos vestidos de diferentes colores y en
su madurez con el atavío de una «pleita»
delicada, potente y única (¡enhorabuena!). De
esta forma se compensa un color níveo, por otro lado
propio de su alta calidad lechera, propia de leches utilizadas
inmediatamente después de su ordeño y animales
alimentados con pastos en cuyo contenido los carotenos no
son excesivos.
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